Entrenarse

Fragmento

… El reto era escribir un relato que transcurriera en menos de una hora. Una sesión entrenamiento para preparar un maratón no me parecía un mal tema. El parque es el que se ve en la foto de cabecera.

Este parque es un lujo asiático para entrenarse: perímetro de un kilómetro, buen piso, sombra por trozos, un estanque, ambiente deportivo…, hasta alguna chica interesante paseando… Lo único, que está en lo alto de la ciudad. ¡Jodida cuesta! Venga, despacio que ya se acaba, solo medio minuto más… Eso…, ya está… Ahora bajadita suave, curva, ¡cuidado con las rodillas que es muy cerrada! Otro tramo recto, “et voila”, ya estamos aquí.

Hoy doce vueltas por debajo de cuatro minutos. Venga. Ritmo de cuatro en la primera y luego a bajar… Hace más calor del que pensaba, me sobra la sudadera. En la siguiente me la quito. La pista está reseca. Prefiero el otoño… ¿Por qué no hay casi nadie hoy? ¡Coño, claro! El partido. El fútbol que vacía la calle de gente. Mucho mejor. Toda la pista para mí. Para mí solo… Doce vueltas. ¡Su padre! Por qué me habré liado a preparar un maratón a mi edad… Entrenar mañana y tarde… Yo ya no estoy para dobles sesiones… La de la mañana es más llevadera porque es solo rodar; aunque cuesta levantarse a las seis y media. Pero como está casi siempre la chavala del setter, compensa. Bueno, chavala, como yo chaval. En su madurez, “ergo”, perfecta. Las mujeres cuando llegan a una edad son más interesantes, más equilibradas…No estoy seguro de que a los hombres nos pase lo mismo. Por qué no vendrá por la tarde. Hace las vueltas más llevaderas. . ¡Eh! Cuidado. Vuelta… Tres cuarenta y ocho. Vas pasado de ritmo, y casi sin calentar. O te pasas, o no llegas. Controla, tío, controla. Fuera sudadera: camiseta, y es bastante. Y déjate de rollos.

Esta segunda calma. Mantener es bastante, que luego lo pagas. ¡Coño mira! Uno paseando. A este no le gusta el fútbol. A que no se aparta y me lo llevo por delante… Ah, no, se quitó. Tipo listo…Este tonto del haba de López… Cómo se le habrá ocurrido decirle al paciente que no sabe lo que tiene. Luego a la mujer la tiene que aguantar el jefe de servicio… Menuda fiera la tía. Solo le faltó insultarme. López y su puta ma… ¡Eh, eh…, deja el trabajo, los enfermos y a los compañeros mendrugos…! Esto es para quitar estrés. El curro a su tiempo, de ocho a cinco…Venga, que esta vuelta no va mal. A ver el crono… Tres cuarenta y ocho otra vez. ¡Mierda! Vas pasado. La sesión de hoy es de ritmo de carrera. Hay que correr al mismo ritmo que el día de la prueba: a cuatro y bajando poco a poco. A ver si te enteras borrico.

Bueno, vale. La tercera en tiempo, o un poco por encima, para compensar. Concéntrate. El suelo no está tan bien hoy como otros días. Reseco es como menos me gusta. Los días de sol abrasan la pista. Mejor por la mañana, húmedo del relente. Sí, mucho mejor por la mañana. Además en cada vuelta la chavala del setter, te alegra la vista. Si sobrevivo hoy, mañana me paro a charlar con ella. Seguro que me toma por un alienado: un tipo sudado y oliendo mal. Pero es igual. Lleva el perro suelto. Así que, le hago una gracia al chucho y hablo con ella. Telmo, me parece que lo llama. Seguro que no sabe lo que es el fuego de Santelmo… Buena excusa… Qué perro más bonito, cómo se llama… A Telmo, como el fuego de… Sí. Puede funcionar… Funcionar, funcionar tienes que funcionar tu, memo. Cuatro diez. Al carajo la renta por pensar en tías. Serás cenutrio…

Venga, la cuarta. Concentración. Déjate de cosas. Piensa solo en correr, que tienes casi cincuenta y estás para poco. Qué coño vas a ligar tú con nadie. Tú a correr y a currar… A ver. Esta vuelta a no pensar, solo sentir: el ritmo, la técnica, el ritmo, la técnica, el ritmo… Primera curva. Muy bien, así, eso es. Ahora, tramo recto en bajada. Muy bien, así, fácil, alarga zancada, déjate ir… Las eses. Tramo fácil: llano, llevadero… El sauce… El ginkgo… Eso es… Bien las rodillas, así, altas. El estanque. Cuidado con la curva: se cierra y sube. Muy bien, bien negociada. Venga, aguanta el ritmo en la cuesta hasta el final. Es larga, pero después hay bajada. No te entregues. Mete la puntera, el talón no corre. Vas bien, vas bien. Un poco más. No te salgas de ritmo. Así, eso es, fenómeno, que eres un fenómeno. Tres cuarenta. Te metiste otra vez en tiempo. ¿Ves? La concentración, mamonazo…

En qué trabajará la chica del setter. Tiene que ser profesora o algo así. En que zona vivirá. Esto no es muy grande. Puede que vivamos cerca. Tiene que estar soltera o divorciada. Si no, que pinta todos los días en el parque con el perro. No, soltera no, divorciada. Demasiado guapa para que no la hubiese pescado alguno. Pues menudo patán si no la conservó… A ver, a ver, a ver,… A ver ahora si por estar en Babia la lías otra vez. Deja a las mujeres. Tú eres un tío normal. A ellas les van los singulares. O no ves la cantidad de ellas que andan con insensatos. Tú a lo tuyo, a correr. Tú no tienes nada de singular ni de especial, salvo el punto de chifladura de querer correr un maratón. Así que no tienes nada que hacer. Ella tiene perro porque es un animal de compañía. Tú serías un animal satélite. Anda, a correr… Ahora, vuelta… Perfecto, tres cuarenta otra vez. Estás como un tiro. Cinco vueltas ya, y en tiempo…Vas bien.

JA

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Daltonismo

Retazo del relato corto de este título.

Alberto, intrigado por la particular y distante relación que mantienen sus abuelos, indaga en el pasado familiar, pero no encuentra nada. Decide dejarlo. Sin embargo al final se hace la luz. Cómo habrá podido ser tan estúpido

Aurelia Ablanedo e Higinio Castaño se habían conocido en plenos años veinte y habían sido novios durante algo más de cuatro años. Se veían sólo un par de horas a la semana. Él trabajaba como contable en una empresa chocolatera. Ella no trabajaba, se preparaba en las labores de la casa, y solo le permitían salir las tardes de los domingos, un rato, al paseo. Allí lo conoció. Aurelia era seria y discreta, siempre de gris o de beige. Higinio se ganaba bien la vida y era bien parecido. Él enseguida había dado el primer paso y se había acercado a ella. Aurelia también se sintió atraída por él, aunque se resistió un par de tardes. Pero , al final, empezaron a pasear juntos.

Se llevaban bien y se divertían caminando y charlando. Eran educados y evitaban los temas personales, aunque, Higinio, en una ocasión, se había atrevido a preguntarle por algo que le llamaba la atención: ¿por qué vestía con colores tan poco llamativos? A ella le hizo gracia. Higinio se quedó de piedra cuando ella le reveló que le daban igual los colores porque no los distinguía en absoluto. Aurelia, como sus padres, su hermana y sus dos hermanos era daltónica. Aquello sorprendió Higinio, que no sabía muy bien lo que significaba. Aurelia tuvo que explicarle en qué consistía. Higinio sonrió… No iba a tener problemas para acertar con el color de un precioso mantón de Manila que quería regalarle y para el que llevaba varios meses ahorrando. Un mantón negro con figuras y bordados de tonos luminosos, que ella no iba a apreciar demasiado, salvo por la textura de la seda.

La abuela se levantó, abrió un armario y cogió una caja. Volvió a sentarse con la caja en el regazo y le quitó la tapa con cierto trabajo. Con la mano temblorosa, sacó algo envuelto en un papel blancuzco y fino, translúcido, y lo abrió. Era el mantón. Lo conservaba desde hacía más sesenta años. Era precioso, con un colorido vivo y de perfecta armonía, y unos bordados de flores, dragones y pagodas de un gusto exquisito. En la caja también había un objeto dentro de una saquita de terciopelo. Era un reloj que el abuelo había comprado para él en la misma ocasión. El mantón para ella y el reloj para él, para sellar su compromiso. El reloj era una verdadera curiosidad: suizo, de bolsillo y con la esfera dividida en doce sectores de diferentes colores. Una rareza. Alberto nunca había visto otro parecido. Le dijo a su abuela que ambos objetos eran muy bonitos. Ella asintió y continuó hablando.

Poco después se casaron y antes de un año ya tenían el primer hijo, un varón, Antonio. Un parto fácil, lo mismo que el de Manuela, su madre, un año más tarde. Antonio era daltónico, Manuela, no. La abuela parecía transportada: el cuerpo erguido, la mirada lejana, la boca en una media sonrisa… Sin embargo, todo cambió en el momento en que Alberto preguntó por Luis, el otro hijo, solo once meses más joven que su madre. Aurelia respondió en voz baja que Luis no era igual que los otros, que con él todo había resultado algo más difícil. Después se quedó callada. El gesto de tristeza volvió a su rostro. Luego, lentamente, miró a ninguna parte con sus ojos grisáceos y se reclinó sobre el respaldo acolchado del pequeño sillón de orejas. Alberto entendió que la conversación había terminado. Se despidió con un beso, como siempre, y se marchó pensativo.

Esa misma semana, visitó otra vez a su abuela con la intención de que le contara más, pero Aurelia estaba desganada y evitó fatigarla. Solo estuvo con ella un rato y la dejó descansar. Decidió pasarse a ver a su madre, que siempre le echaba en cara lo poco que iba desde que se había independizado. No había hablado nunca con ella sobre los abuelos, pero tenía la certeza de que algo le diría.

JA

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Paseos por el parque

15 de Mayo

 

Domingo por la tarde. Que asco de día. Tendrían que suprimir la tarde del domingo como festivo. Es más odioso que cualquier otro momento de la semana. Incluso la mañana del lunes resulta agradable comparada con ella.

Telmo lleva todo el día echado en la alfombra observándome como si fuera un bicho raro. No entiendo por qué, pero es la sensación que me da. Me produce cierto nerviosismo sentirme psicoanalizada. Pero más por un perro.

Bien, nada más. Semana terminada y vuelta a empezar. Monotonía de soledad de cuarentona. Deseo de una existencia más interesante. No sé. Voy a intentar dormir y, tal vez mañana por la noche me encuentre con mejor ánimo para escribir. La tarde del domingo está plagada de miasmas existencialistas.

 

16 de Mayo

 

Hoy percibí las cosas de manera diferente. Me sentí vital otra vez. Hasta Telmo parecía más contento, en contra de su flema habitual de orejas caídas y mirada lánguida.

Entré en el parque por la puerta norte, como siempre. Se notaba una humedad inusual que, sin llover, se metía en el interior de la ropa. Eché de menos algo encima que abrigase bien, pero me niego a ponerme ropa de abrigo en mayo, aunque pase frío. Los caminos de tierra estaban húmedos, incluso con algunos charcos. Tuve la sensación, todavía la tengo, de que las primeras horas de la mañana, cuando no hay nadie, salvo algún loco corriendo por la pista deportiva, son las mejores del día.

Telmo apareció con una pelota de tenis en la boca como un trofeo, contento para el carácter aparentemente triste que tienen todos los setter. La mirada triunfante y el rabo oscilando como un péndulo con periodo desajustado, me hacían sospechar que algo debía haber hecho, algo especial, como siempre.

Efectivamente, un segundo después apareció aquel hombre maldiciendo al pobre animal. Se dirigió a mí en tono áspero preguntándome si era mío el perro. La verdad es que era gracioso verle la cara de indignación.

No sé por qué me pareció divertido y, riéndome le contesté que sí, que era mía aquella fiera y que lo sentía mucho. El también me pidió excusas por el tono y me explicó que tenía una mano lesionada, que hacía ejercicios con la pelota mientras corría  y que, repentinamente, había aparecido Telmo y se la había quitado de la mano de un bocado, o algo así. No me supo decir muy bien cómo.

Al principio me pareció un poco raro: un loco de esos que corría, y con una pelota en la mano. Sin embargo el tono de su voz, su forma de hablar pausada, la postura adoptada, recogida y a la vez franca, sus maneras en general, y el hecho de sonreír mientras hablaba, provocaron en mi interior una reacción positiva.

Hasta la fecha todas mis relaciones con los chalados que corren por el parque habían sido tormentosas a causa de Telmo: que si debía llevarlo atado, que si molestaba, que si yo que sé que cosas. Pero éste fue diferente: salió corriendo detrás del perro por una pelota. Este está loco de verdad. Tiene algo, algo que me gusta.

Habló conmigo cinco minutos sobre su mano lesionada mientras acariciaba a Telmo, que se había puesto junto a él y que babeaba agradecido. A mi chico peludo también le gustaba.

 

 

 

17 de Mayo

 

El día era esplendido a las siete y media de la mañana. Telmo aprovecho la ocasión para revolcarse en el montón de hierba recién cortada por los operarios de mantenimiento.

Me quedé más de lo habitual, casi hasta el límite de tiempo. Miré, más bien escudriñé, la pista de los lunáticos, pero no estaba. Hoy había fallado, estaba claro.

Ya salía por la puerta y tropecé con él, que entraba en ese momento. Me saludó con un gesto y sonrió. Creo que notó que me alegraba de verlo. No podía pararme. Qué habrá pensado de mí.

Fue un día malo en el trabajo. Uno de esos en que apetece ser rico solamente por el hecho de no estar sujeto al tormento de la obligación y la responsabilidad. Voy a terminar por invertir en juegos de azar.

En fin, es tarde y no estoy de buen humor, y Telmo, el muy cerdo, debe tener cistitis y no esperó al paseo de la noche. Tocó secar pis de chucho. Pues hoy no sale. Qué se joda.

 

18 de Mayo

 

Hoy sí. Hoy hice un pleno. Hoy fue mi día en todo. Desde la primera hora hasta la última. A veces pienso que la vida de una administrativa premenopáusica no es tan mala.

La mejor decisión que tomé, después de haber mandado a paseo al vago de mi ex marido, fue entrar hoy al parque por la puerta vieja. Me tropecé de narices con mi alienado preferido. Corría como un poseso. Creí que seguía de largo porque me hizo un gesto de saludo con la mano, como ayer. Pero no, se detuvo a unos metros y se dio la vuelta.

La piel sudada le humeaba en el frescor de la mañana. Sonreía mientras se acercaba adonde yo estaba, un poco fuera de la pista, en el césped. No me había fijado en que era bastante guapo. Es más, muy guapo. Al llegar a mi lado me dio los buenos días y me preguntó por el perro.

No sé por qué lo hice pero le dije que el perro tenía un nombre, Telmo. Creo que me tomó por imbécil, porque como una imbécil me quedé cuando, sin inmutarse, me indicó que era un nombre muy interesante y me preguntó si sabía qué era el fuego de Santelmo. Le dije que no y me recomendó que leyese libros de piratas. Que tipo más raro. Y que persona más atractiva.

No tuve mucha cosa en el trabajo, así que pasé buena parte del día pensando en qué tendría que ver el nombre de mi perro con el fuego y con los piratas. El sábado me daré una vuelta por la biblioteca pública. A ver que encuentro.

Al salir, por la tarde, decidí darme un homenaje: peluquería y depilación. Lo que duele la maldita cera. Se queda una como de porcelana, pero a que precio. Tuve sensación de resquemor hasta hace bien poco. Se me pasó al cenar, por el vino, supongo, que estaba buenísimo.

 

19 de Mayo

 

Hoy no pude ir al parque. Mi madre destruyó mis planes con un susto mañanero: un ahogo. El médico se encargó de recordarle que con un sobrepeso importante esas cosas pasan.

Otro día precioso y todo correcto en el trabajo: cuando el jefe está de viaje todo parece más fácil. Las empresas deberían pensar en despedir a los jefes. Todo parece salir estupendamente cuando se ausentan.

Cuando llegué a casa a media tarde, Telmo me recibió de esa forma en que solo los canes lo hacen, que parece que no te hubiera visto en un año. Acostumbrado a paseos largos y pausados por las mañanas, la salida rápida para un pis de hoy por culpa de mi madre le había dejado psicológicamente destrozado. Le compensé con un tiempo extra en el paseo vespertino. No se olvidó de su pelota de tenis. No la abandonaba desde que se la había robado de la mano a nuestro chiflado.

Tengo que dejar da llamarle cosas. No sé que está pasando, pero no haberle visto hoy me perturbó. Es como si hubiese incorporado a mi actividad normal de cada día el hecho de encontrármelo por la mañana.

Va a ser verdad que la edad y el inicio de los desarreglos nos ponen tontas a las mujeres.

 

20 de Mayo

 

Un nuevo día de niebla pero lleno de luz. Con una temperatura ambiente maravillosa.

Había perdido a Telmo nada más entrar en el parque. Lo busqué con la mirada por el prado central, donde normalmente se afanaba en correr detrás de las palomas, pero no lo veía, así que decidí observar a los dementes mientras se ejercitaban.

Mi sorpresa fue grande cuando distinguí a lo lejos a mi héroe, con mi perro caminando tranquilamente a su lado, mirando extasiado a su mano, que sostenía la pelota fuera del alcance de su boca.

Él también me había visto y venía caminando hacia mí. Al llegar a mi lado me dio los buenos días y lanzo lejos la pelota. Telmo salió como una flecha y él comenzó a hablarme primero del magnífico día, de lo que le gustaban las mañanas brumosas con temperatura agradable y de no sé cuantas cosas más. Cuando nos dimos cuenta casi se había pasado mi hora límite.

Le dije con prisa que el lunes podríamos seguir hablando, pero hoy ya no. El trabajo era el trabajo.

Me quedé de piedra cuando me comentó que porqué esperar al lunes. Mañana sábado había más tiempo y, si quería, el iba siempre a la misma hora. Me prometió que me contaría la relación entre el nombre de mi perro, los mástiles de los barcos y los piratas.

No se qué podrá pasar, pero, seguro, voy a madrugar para estar allí.

 

 

 

Jesús Arribas

Abril 2004

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Hola, mundo

Aquí, poco a poco, iré dejando mis relatos. Sin mayor pasión. Únicamente con el deseo de que quien los lea disfrute, critique, o salga de la página.

Me hubiera gustado publicar, pero eso es imposible si no tienes quien te introduzca en los círculos… Que da igual, que como sé que no van a ser nunca encerrados entre dos tapas, aunque sean blandas, aquí está el fruto de miles de horas de navegación por el mundo imaginario.

Buena lectura

Jesús Arribas

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