Daltonismo

Retazo del relato corto de este título.

Alberto, intrigado por la particular y distante relación que mantienen sus abuelos, indaga en el pasado familiar, pero no encuentra nada. Decide dejarlo. Sin embargo al final se hace la luz. Cómo habrá podido ser tan estúpido

Aurelia Ablanedo e Higinio Castaño se habían conocido en plenos años veinte y habían sido novios durante algo más de cuatro años. Se veían sólo un par de horas a la semana. Él trabajaba como contable en una empresa chocolatera. Ella no trabajaba, se preparaba en las labores de la casa, y solo le permitían salir las tardes de los domingos, un rato, al paseo. Allí lo conoció. Aurelia era seria y discreta, siempre de gris o de beige. Higinio se ganaba bien la vida y era bien parecido. Él enseguida había dado el primer paso y se había acercado a ella. Aurelia también se sintió atraída por él, aunque se resistió un par de tardes. Pero , al final, empezaron a pasear juntos.

Se llevaban bien y se divertían caminando y charlando. Eran educados y evitaban los temas personales, aunque, Higinio, en una ocasión, se había atrevido a preguntarle por algo que le llamaba la atención: ¿por qué vestía con colores tan poco llamativos? A ella le hizo gracia. Higinio se quedó de piedra cuando ella le reveló que le daban igual los colores porque no los distinguía en absoluto. Aurelia, como sus padres, su hermana y sus dos hermanos era daltónica. Aquello sorprendió Higinio, que no sabía muy bien lo que significaba. Aurelia tuvo que explicarle en qué consistía. Higinio sonrió… No iba a tener problemas para acertar con el color de un precioso mantón de Manila que quería regalarle y para el que llevaba varios meses ahorrando. Un mantón negro con figuras y bordados de tonos luminosos, que ella no iba a apreciar demasiado, salvo por la textura de la seda.

La abuela se levantó, abrió un armario y cogió una caja. Volvió a sentarse con la caja en el regazo y le quitó la tapa con cierto trabajo. Con la mano temblorosa, sacó algo envuelto en un papel blancuzco y fino, translúcido, y lo abrió. Era el mantón. Lo conservaba desde hacía más sesenta años. Era precioso, con un colorido vivo y de perfecta armonía, y unos bordados de flores, dragones y pagodas de un gusto exquisito. En la caja también había un objeto dentro de una saquita de terciopelo. Era un reloj que el abuelo había comprado para él en la misma ocasión. El mantón para ella y el reloj para él, para sellar su compromiso. El reloj era una verdadera curiosidad: suizo, de bolsillo y con la esfera dividida en doce sectores de diferentes colores. Una rareza. Alberto nunca había visto otro parecido. Le dijo a su abuela que ambos objetos eran muy bonitos. Ella asintió y continuó hablando.

Poco después se casaron y antes de un año ya tenían el primer hijo, un varón, Antonio. Un parto fácil, lo mismo que el de Manuela, su madre, un año más tarde. Antonio era daltónico, Manuela, no. La abuela parecía transportada: el cuerpo erguido, la mirada lejana, la boca en una media sonrisa… Sin embargo, todo cambió en el momento en que Alberto preguntó por Luis, el otro hijo, solo once meses más joven que su madre. Aurelia respondió en voz baja que Luis no era igual que los otros, que con él todo había resultado algo más difícil. Después se quedó callada. El gesto de tristeza volvió a su rostro. Luego, lentamente, miró a ninguna parte con sus ojos grisáceos y se reclinó sobre el respaldo acolchado del pequeño sillón de orejas. Alberto entendió que la conversación había terminado. Se despidió con un beso, como siempre, y se marchó pensativo.

Esa misma semana, visitó otra vez a su abuela con la intención de que le contara más, pero Aurelia estaba desganada y evitó fatigarla. Solo estuvo con ella un rato y la dejó descansar. Decidió pasarse a ver a su madre, que siempre le echaba en cara lo poco que iba desde que se había independizado. No había hablado nunca con ella sobre los abuelos, pero tenía la certeza de que algo le diría.

JA

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Acerca de Jesús Arribas

Un tipo normal, algo rebelde.
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